Y corrió desesperada hasta aquel río, lavó sus manos con ira. De pronto se detuvo a mirar quieta y melancólicamente aquellas manos y entre ellas se echó a llorar. Sus dedos, repentinamente, se enfurecieron de humedad dejando el rostro de la chica. Tomó el suelo y lo arrancó de si, sacando enormes piezas de barro .
Se puso de pie, con la tierra entre sus dedos, y gritó desesperada; "¡¿Por qué lo hice si sabía que te irías?!", "Si tan solo pudiera oirte una vez más". Pero ya era demasiado tarde.
Sentía su rostro ardiendo y sus manos destrozarse, sus ojos tornandose rojos, su cabeza afiebrada; sus piernas desgastadas por correr tras el tren.
"Te dejé ir y no volverás, ni un rastro de nuestra amistad quedará, solo el dulce recuerdo de tu melodía en mi mente... y nada más."
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