miércoles, 1 de febrero de 2012

El Sombrero

Ella solía salir a caminar todas las tardes, gustaba del viento que movía su cabello y de la luz del sol que a esa hora la hacía sentir brillante.
Cada día, antes de salir a su caminata, tomaba su sombrero de paja y se ponía sus vestidos favoritos, todos de color azul cielo... Pero el azul esta vez no le parecía el mejor color, así que tomó su vestido rojo, el cual no usaba hace años, y partió.
Mientras el cielo se tornaba rojo, sus ojos se iban entristeciendo y se iba sintiendo cada vez más y más sola. Repentinamente su sombrero se levantó de su cabeza y comenzó a volar raudo con el viento.
Beth, asombrada y un tanto asustada, comenzó a correr tras él. Persiguió el sombrero corriendo como si le estuvieran arrebatando algo íntimo y preciado. "¡Rápido!, ¡Más rápido!, ¡Alcanzalo!".
Cuando el sombrero dejó de huir y se sentó a descansar en el suelo una mano extraño lo tomó, lo limpió de la tierra y se quedó observándolo con una duda evidente.
Al llegar la chica tras el travieso sombrero, y al sentirlo tangible y cercano, pudo divisar lo que tenía a su alrededor; se encontró de pronto en una carpa hermosa, y quien sostenía su sombrero era un mimo. 
Beth se acercó caminando al desconocido y en cada paso se sentía más y más segura, pero a la vez sentía que cambiaba todo dentro de sí. Intentó hablar, pero su voz no se lo permitió. El mimo le tomó la mano y la puso en su propio pecho; así ella podría escuchar su voz sin necesidad de hablar, y en cada latido Beth se iba acelerando y su cuerpo comenzaba a necesitar moverse. Comenzó a danzar lento y pausado, mientras su mano permanecía oyendo los latidos del mimo. Entonces el joven comenzó a cantar con una voz y en un idioma que le eran completamente ajenos, y comenzó a avanzar a paso certero hacia su más grande y oculto sueño. 
¡Uno!, ¡Dos!, ¡Tres!, y el trapecio comenzó a sentir su peso, que en el momento se redujo a escasos gramos, y la gravedad desaparecía paulatinamente. Colgó de cabeza entonces y vio a la chica que danzaba, mientras el sombrero observaba emocionado tal magnífico espectáculo. Extendió su mano hacia ella en ademán de invitación y Beth, gustosa, aceptó. Y sin saber cómo se convirtieron en trapecistas, su cuerpo se movía por inercia, como si se conocieran de antes él, ella, el trapecio y el sombrero.
Las horas pasaron y las estrellas con la luna se sumaron como espectadores, y cuando finalmente Beth y Mimo se miraron a los ojos, ya era tarde para cuestionamientos y retracciones; Estaban total y perdidamente Enamorados.

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